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lunes, 12 de junio de 2017

Ya a la venta 'A la caza de un impostor'

¡Hola, amores! Sé que últimamente no entro nada y no es por falta de ganas, sino de tiempo. A ver si este veranito puedo ponerme y os traigo algunas entrevistas que tengo pendientes. Bueno, hoy he entrado porque sí o sí tenía que publicar esta entrada y es que mi cuarta novela, la segunda de la serie Cazadoras, ya está a la venta.

¿Queréis saber de qué va? Aquí os dejo sinopsis, portada y los primeros capítulos....


Detalles del producto
  • Formato: Versión Kindle
  • Tamaño del archivo: 925 KB
  • Longitud de impresión: 344
  • Editor: Ediciones B (12 de junio de 2017)
  • Protas: Ruth Lago y Daniel Argüelles (Ruth es la  hermana de Sara, protagonista de 'A la caza de un seductor')

  • Libro 2 de la serie Cazadoras

  • En el competitivo mundo de la publicidad, una mujer dirige con mano de hierro la agencia más exitosa del país: Mavi García. Entrar en ella es un reto y triunfar un sueño. Por eso, Ruth, la mano derecha de Mavi, no duda ni un segundo en aceptar el desafío de su jefa: llevar a la agencia a lo más alto y a cambio conseguir la dirección de una de las filiales de la empresa.

  • Para lograrlo, Ruth escogerá un equipo de plena confianza formado exclusivamente de mujeres. Pero cuando la avalancha de trabajo se hace insostenible decide contratar a una ayudante personal. A la oferta se presenta Dan, un alocado gay con mucho estilo que le pondrá la vida patas arriba.

  • Sin embargo, lo que la joven publicista no imagina es que el dicharachero ayudante es realmente Daniel Argüelles, hijo del dueño de la competencia. Daniel se está haciendo pasar por el atolondrado Dan para desenmascarar a su jefa y arrebatarle el contrato millonario que está a punto de firmar. Y el plan marcharía a las mil maravillas si no fuese porque esa morena descarada le atrae como un imán. 
  • Algo que por otro lado es un problema pues, ¿cómo se conquista a alguien que cree que eres homosexual?



Prólogo

Julián Argüelles soltó un resoplido quejumbroso mientras ensartaba la llave en la cerradura. Abrió la puerta y con paso decidido se dirigió a la habitación cerrada mientras mascullaba la rabia que lo corroía. Tres malditas horas, ¡¡tres!! Ese era el tiempo que llevaba esperándolo como un necio. Algo que, por otra parte, se tenía merecido por creer que ese cabeza hueca asumiría sus responsabilidades por fin.
Pero esta vez no habría excusas; se acabaron las lisonjas con las que solía escapar airoso de sus desplantes. Sus días de holgazanear libremente estaban contados y Julián se relamía por ello. Odiaba ser el sensato de la familia, el hijo perfecto que jamás rompía un plato, el que le salvaba el culo siempre. No podían ser más diferentes y, aunque lo adoraba, a veces sentía ganas de estrangularlo, como ahora.
Se plantó frente al cuarto y separó las puertas corredizas blancas, penetró en el interior y chafó la moqueta color café en su paso hacia la ventana. Antes de correr la cortina nívea, echó un vistazo a su alrededor. El pequeño sofá tostado situado a la izquierda de la entrada se hallaba repleto de ropa femenina, la mesa marrón que estaba junto al cabezal se encontraba cubierta de lo que parecía un pantalón negro. Los cuadros que la decoraban estaban tirados por el suelo, donde había también una camisa azul y una corbata negra. Y justo donde él se situaba, más ropa de mujer.
Julián torció el gesto y enfocó la mirada hacia la lechosa cama en la que su hermano dormía plácidamente. Al distinguir los dos bultos que lo rodeaban, abrió los ojos con sorpresa. Divertido ante semejante escena, agarró la cortina y la movió, liberando la luz del exterior.
Julián sonrió, a pesar de su enfado, y tomó asiento en el sofá.
—¿Estás despierto, no?
El atractivo rostro de su hermano fue formando una sonrisa traviesa que confirmó sus sospechas. Luego, alzó los brazos, se desperezó y los colocó tras la nuca, mientras sus ojos cerúleos chispeaban divertidos.
—Te oí llegar, Juli —le contestó con el apelativo que utilizaba para llamarlo desde que eran niños. Del interior de la cama se oyeron quejidos y, a continuación, dos mujeres, desnudas, aparecieron de entre las sábanas. La de la derecha, rubia, y la otra, morena. Fue esta última la que advirtió la presencia de Julián y lejos de sentirse avergonzada, lo atravesó con una seductora mirada.
—¿Vienes a unirte, guapo?
—¿¡Qué!? —Julián tragó saliva, cohibido por la invitación de la mujer. Se aflojó el nudo de la corbata y se puso en pie, totalmente nervioso—. Yo… yo…
—¿Te ha comido la lengua el gato, bombón? —ronroneó la rubia.
Julián huyó de allí. Daniel soltó una carcajada y acarició el cabello de las dos jóvenes.
—A ti sí que te voy a comer yo, Sheila.
—Ehhh —protestó la morena.
—Para ti también hay, pero después. Ahora tengo que atender al aguafiestas de mi hermano.
—Dile que vuelva, nos lo pasaríamos muy bien.
—Ya. Lo dudo. Julián es demasiado formal, además está prometido. Muy pronto le pondrán las cadenas.
—Suerte que tú no te parezcas en nada —siseó Sheila mientras acariciaba su torso desnudo. Antes de salir de la cama, besó a una y luego a la otra. Se acercó al armario y cogió su bata.
—¿Volverás, Dani?
—Siempre lo hago —les guiñó un ojo y salió al salón.
Sin embargo, su promesa no se vería cumplida, y todo por culpa del cascarrabias de su padre que le había exigido acudir de inmediato a la agencia. Tuvo que lidiar con las protestas de las dos deliciosas mujeres y vestirse en tiempo récord, pues ya llegaban tarde. Encima, Julián andaba de morros porque le había dado plantón durante el desayuno. Se colocó las Ray-ban negras y oteó cuanto veía en el camino mientras hacía muecas por el dolor de cabeza. «¡Qué noche la de ayer! », pensó complacido.
Bajó la ventanilla y suspiró acomodándose en su asiento. Julián condujo en silencio hasta llegar a Argüelles Publicidad. Entraron juntos, y Daniel desplegó su encanto, primero con Marta, la recepcionista, después con Jessica, la becaria, y luego con Luisa, la irascible secretaria de su padre que lo contemplaba disgustada.
—Llegas tarde, niño. Tu padre está furioso —bufó esta.
—Ese es el estado natural de papá. Ay, Luisa, ¿te has dado cuenta de que cada día estás más bella? —Le agarró la mano y se la besó.
—¡No seas descarado, Daniel Argüelles! Deberías aprender de tu hermano y sentar la cabeza de una vez.
—Shh, Luisa. Eso ni se menciona.
—Ya te llegará el día, niño. Aparecerá la mujer indicada, ya verás.
—La única mujer a la que quiero eres tú, Luisi.
—Calla, zalamero. Anda, entra.
Daniel suspiró. Que el viejo lo llamase a su despacho no presagiaba nada bueno. Pasó sin llamar y se quedó sin habla al observar a quienes rodeaban a su padre. Todo el que tenía un cargo importante en la agencia se hallaba presente.
—A buenas horas, Daniel. —Fernando Argüelles clavó los ojos en su díscolo hijo, perforándolo con enfadado—. ¡Siéntate! —le ordenó, señalando una silla vacía—. Iré al grano. Te necesitamos.
Daniel arrugó la frente. Ya estaba otra vez con el sermoncito del trabajo y encima delante de toda esa gente.
—Papá, ya te dije, en la última reunión, que me encargaría de supervisar el departamento creativo. Me sentaré junto a Lucía esta misma mañana y me iré informando de las campañas que tenemos.
Fernando desechó su idea con la mano.
—No. Vas a asumir otra tarea.
—¿Departamento de cuentas? —su voz vibró de temor. Daniel contuvo el aliento hasta que vio como su padre negaba con la cabeza.
—Quiero que investigues para mí, Daniel. La competencia está robándonos clientes y por más que hemos intentado detenerlos, siempre van un paso por delante. Es el momento de tomar ventaja.
—¿Y qué podría hacer yo?
—A tu hermano se le ocurrió la idea y aunque confieso que al principio tuve mis reservas, ahora lo veo claro.
—¿Ah, sí? —Daniel fulminó a su hermano con la mirada; este se encogió de hombros y rio—. ¿Y qué tengo que hacer?
—Trabajarás para Dart Publicidad durante unos meses, creo que están a punto de firmar un contrato millonario con Robert Tolley, y quiero anticiparme. Jugaremos tan sucio como lo han hecho ellos este último año. Te hemos conseguido una entrevista como asistente personal de la directora creativa del proyecto. Serás su sombra día y noche hasta que descubras la estrategia de su campaña, y se la robemos. Destruiremos las ideas de esa mujer, del mismo modo que ellos han hecho con nosotros.
—Eso no será un problema. Puedo manejarla —se pavoneó, seguro de su atractivo. La conquistaría y en menos de una semana obtendría todos sus secretos.
—Bueno, hermano. No es tan sencillo. En esta ocasión no podrás echar mano de tu encanto natural.
—¿Y eso por qué?
Julián miró de un lado a otro pidiendo ayuda, pero todos, incluso su padre, lo ignoraron. Frustrado, asumió la desdichada tarea de anunciarle al gallito de Daniel que debía asumir un rol que no le gustaría nada de nada.
—Representarás un papel. Te harás pasar por un joven que es… es…
Calló y miró a su padre angustiado. Fernando puso los ojos en blanco y levantó las manos.
—¡Homosexual! Te harás pasar por un chico homosexual.
Daniel abrió y cerró la boca varias veces sin articular palabra. Luego movió la cabeza y susurró:
—¿¡Quéee!?
—Ya me has oído, hijo.
—¡Y una mierda!
—Daniel.
—No lo haré, papá. ¡¡Me niego!!
—¡Daniel, siéntate! No hemos acabado. Harás lo que te digo.
—¿Y cómo vas a obligarme?
—O lo haces o te cierro el grifo, tú decides.
—Pero…
—Vamos, Dani —terció su hermano—. Solo son unos meses.
—¡Es ridículo! Yo… yo… ¡Gay! ¡Nadie se lo creería, joder!
—Pues por la cuenta que te trae, hijo. Que así sea.
—¡¡Mierda!! ¿Y quién diablos será mi víctima?
—Su nombre es Ruth. Ruth Lago Maldonado.



1

Ruth contemplaba extasiada la pantalla de su teléfono móvil. En ella, se apreciaba la figura regordeta y sonrosada de su única sobrina, Sofía. El bebé de tan solo dos meses reía a la cámara. Era una auténtica preciosidad, y no lo opinaba porque fuese su tía, bueno, aunque también. Pero lo cierto es que la pequeña era una delicia. Y más en esa fotografía en la que lucía el vestidito azul de volantes que ella le había regalado.
El teléfono de su mesa comenzó a sonar y apartó de sí el móvil, diciéndose que más tarde le contestaría a su hermana Sara. Recogió el auricular con un movimiento cansado, pensando con rabia en lo poco que veía a su familia y amigos a causa del trabajo, que la absorbía completamente desde hacía casi un año, cuando su jefa la había dejado a cargo de varias cuentas.
Esa fue la manera en la que la imponente fundadora de Dart Publicidad, María Vicenta García Pulido, un ogro verde a la que secretamente apodaba la Hiena, la probaba. Su intención era delegar en Ruth, que durante años fue la responsable del departamento de creatividad y su mano derecha en casi todas las campañas, la dirección de la sede valenciana. Mientras que ella podría supervisar la nueva Dart que se estaba erigiendo en Girona.
La prueba de fuego era el contrato millonario que estaba a punto de firmar con Robert Tolley, propietario de Essence, la gran cadena de perfumerías de alta calidad a precios low cost. Ruth estaba decidida a hacerse con la campaña y demostrarle a Mavi que era capaz de asumir cualquier responsabilidad. Pero Alfredo Roig, el pelota e insufrible primo de su jefa, se había propuesto desbancarla y arrebatarle la oportunidad.
Él, junto a otros hombres de la agencia, se burlaban de sus propuestas siempre que podían, considerándolas sentimentalistas y poco agresivas. En más de una ocasión, Roig le dijo que se dedicase a dibujar y les dejase a los hombres tomar las decisiones importantes para cada cliente.
Harta del clima hostil, Ruth convenció a Mavi para que la dejase crear un equipo de plena confianza, formado exclusivamente por mujeres, que se encargaría de preparar la campaña de Robert Tolley. Como su jefa se divertía enormemente con la rivalidad existente entre sus empleados, estuvo encantada con la idea. Ruth sospechaba que ella misma incitaba a su primo y al resto para que les pusiesen zancadillas. Así era la hiena, malvada hasta el tuétano. En fin, no todo iba a ser bueno. Ruth pensaba constantemente que en cualquier trabajo siempre había un pero y en el suyo tomaba nombre de María Vicenta García Pulido, o como se hacía llamar: Mavi.

Al otro lado del teléfono escuchó la voz de Marga.
—¿Ruth? —La voz de su amiga sonó temblorosa.
—Dime, Marga. —De repente una idea la asustó—. ¿Ha habido algún problema con los diseños que estabas acabando?
—No, no. Es otra cosa.
—¿Qué pasa?
—No sé. Algo me huele a chamusquina, tía.
—¿A qué te refieres?
—Hace unos minutos ha llegado Roig y…
—¿¡Ahora!? Pero si son las once.
—Ya sabes cómo es. Tiene sus propios horarios y reglas.
—Si lo hiciésemos nosotras…
La Hiena nos comería. Pero bueno, escucha, el caso es que el muy engreído se ha acercado a mi mesa y me ha pedido que le lleve un café.
—¡Pero qué se ha creído! Joder, voy a tener que hablar con él otra vez. Elena, María, Olivia y tú sois mi equipo, él no tiene que pediros nada.
—Ya sabes que lo hace para molestar, tía. En fin, lo he mandado a la mierda, por supuesto. Pero la pobre María, que es más buena que el pan, no ha sabido negarse cuando se lo ha pedido, y menos mal porque me ha contado que al entrar en su despacho ha visto en su mesa un dossier enorme de una empresa llamada Rarax, lo he buscado por Google y es farmacéutica.
—O sea que Mavi le ha encargado la cuenta.
—Puede, aunque eso no es lo extraño. Lo que ha sorprendido a María es que en la hoja ha reconocido el logotipo Argüelles. ¿Y te acuerdas que hace unos meses Fernando Argüelles estuvo aquí liándola porque nos acusaba de robarles las campañas y los clientes?
—Sí. La Hiena lo puso verde y lo echó. Pero si lo que María ha visto es cierto… Eso quiere decir que…
—Que Roig está en el ajo.
—Y que Mavi también.
—¿Qué hacemos, tía?
—Creo que deberíamos investigarlo más a fondo. Si nos equivocamos con esto, nos meteremos en un problemón con la Hiena, pero si comprobamos que es verdad, yo misma acudiré al señor Álvarez.
—Es su esposa, Ruth, no creo que mueva ni un dedo.
—Te equivocas. Él es diferente, Marga. Estoy segura de que no tiene ni idea y que no tolerará algo así. De momento, no se lo comentéis al resto. Dile a María que nadie más aparte de nosotras lo puede saber. No quiero que os involucréis en esto, yo misma lo descubriré.
—Ah, no. Si tú te mojas, yo también. Y no vas a convencerme, así que no gastes saliva. Lo averiguaremos, pero juntas.
—Está bien.
—Otra cosa. Acuérdate que hoy tienes otra entrevista.
Ruth resopló, incómoda.
—No lo recordaba.
—Venga, no pongas esa voz, seguro que esta vez no es tan malo.
—Ya me espero cualquier cosa, Marga.
Su amiga soltó una carcajada.
—Hay que reconocer que has tenido mala suerte, la verdad. Primero, la señora de noventa años.
Ruth rio acordándose del momento en el que se había abierto la puerta y una ancianita muy graciosa entró con el bastón presentándose como candidata para el puesto de asistente personal. A ella le dio pena rechazarla, así que decidió ponerla a prueba unos días. El resultado había sido desastroso, la pobre mujer no oía bien y la mayoría de las llamadas ni las cogía. No obstante, lo peor llegó cuando Tolley la llamó por primera vez.
Josefina, que así se llamaba, había descolgado el teléfono y como no entendía el inglés, simplemente le gritó que se había equivocado de país y le colgó. Ruth casi la ahoga al enterarse. Esa misma mañana, la pobre mujer le dijo que se iba, que estos eran unos tiempos demasiado modernos para ella y que prefería disfrutar de Condena de amor, la telenovela que solía ver a esas horas en casa.
—¿Y la rubia de las uñas? —continuó Marga—. Te juro que nunca la olvidaré. Llega con unos tacones de infarto y veinte minutos tarde porque supuestamente su perro se negaba a, ¿cómo dijo? Ah, sí, «a hacer popó».
Ruth rio. Esa sí había sido buena. Tal y como decía Marga, había llegado tarde por la excusa del perro y, luego, cuando le estaba explicando sus funciones y dónde estaría su mesa, abrió la boca y gimió.
—Espera. ¿Tengo que usar el ordenador?
—Claro. Es esencial en este puesto.
La chica se había levantado negando con la cabeza.
—Lo siento, pero entonces no. Pensaba que simplemente sería coger el teléfono y apuntar alguna cosa en la agenda.
Ruth pensó que quizá no tenía dominio del ordenador y por eso se sentía insegura. Decidió darle una oportunidad.
—Los programas que manejarás son el Word, Power Point y Excel. Tranquila, puedo enseñarte cualquier cosa que no sepas, verás que es muy fácil.
—No, no —había exclamado ofendida—. No es por eso.
—¿Entonces?
La rubia alzó las manos con cara de pasmo. Y la miró como si fuese tonta y no entendiese lo que tan obvio era.
—Son de porcelana. —Le había mostrado las uñas que tenían hecha la manicura francesa con dibujitos de flores—. ¡Me las romperé! —Se levantó y se fue.
Sí, definitivamente era muy difícil encontrar un asistente personal. Tuvo que revisar dos veces el anuncio publicado en las webs de empleo y periódicos para cerciorarse de que todo estuviese bien.
«En Dart Publicidad se precisan los servicios de un Asistente Personal / Secretario (preferentemente mujer) para dar soporte a la gerencia de la empresa. Obligatorio carnet de conducir y dominio de ofimática a nivel de usuario. Se valorará conocimientos de la lengua inglesa u otros idiomas. Jornada completa. Sueldo 12.000 brutos/anuales».
Ruth arrugó la nariz al recordar la discusión con Mavi por el sueldo. En su opinión era demasiado pobre para las horas que se exigían, mas la bruja no había dado su brazo a torcer. Serían doce mil o nada.
—Y como no, la última —rememoró Marga—. La pobre mujer asentía a todo lo que le decías hasta que mencionaste el teléfono. —Rio fuertemente—. Creía que la entrevistabas para un puesto de cocinera, no de secretaria.
—Ojalá haya suerte hoy —emitió débilmente Ruth, sin mucha convicción de que así fuese.
Marga escuchó unas voces en el pasillo. Apartó el teléfono, giró en su silla y alargó el cuello para espiar mejor. De repente, agrandó los ojos y comenzó a reír sin tregua. Volvió a asir el auricular y exclamó:
—Oh, Dios mío. ¡No puede ser! Esta sí que va a ser buena. Ruth, no sabes lo que te espera.
Y tras esas últimas palabras, colgó y marchó al exterior.

***

Julián a duras penas aguantaba la carcajada que amenazaba con salir disparada de su boca. Sus ojos chispearon durante todo el trayecto hacia Dart; cada vez que miraba a su hermano, una sonrisa se dibujaba en su rostro. Tardaría décadas en borrar la expresión de total asombro de Daniel cuando se vio en el espejo. Sin duda, ese episodio era el mejor de toda su vida, pagaría por repetirlo una y otra vez. Y no era para menos porque el pobre tenía una pinta…
—No pienso entrar. ¡¡Me niego!!
—Vamos, Dani. Ya has llegado hasta aquí, ahora no te puedes echar atrás.
—¿¡Pero tú me has visto!? ¡Parezco una Spice Girl!
—Yo más bien diría una mezcla entre las Bratz, la Barbie y la novia cadáver porque, hijo, das un miedo…
Y ahí se acabó su contención, comenzó a reír sin parar. Y más cuando vio cómo su hermano se cruzaba de brazos y hacía un mohín. Daniel estaba pagando con creces todas sus transgresiones pasadas. La creativa de la agencia, responsable de su actual vestimenta, se había ensañado con él.
Su atuendo se componía de unos vaqueros demasiado apretados con los que el pobre no podía ni andar. Un top (sí, top) rosa chillón. Una chaqueta de pelo blanco, ideal para esa época otoñal. Y lo mejor, una diadema con una pluma rosa gigante, complementada con un bolso rosa también. Ah, y unos zapatos de tacón negros con los que mantenía el equilibrio a duras penas.
Los ojos azules de Daniel lanzaron dagas a su hermano. Alzó un puño en su dirección.
—Una sonrisa más y…
—Hola, ¿Dan?
Una mujer menuda se acercó a ellos.
—Eres Dan, ¿verdad? —insistió ella.
—Sí… —susurró, asesinando a su hermano con la mirada. Juró que si salía vivo de esta, se la cobraría.
—¡Estupendo! Mi nombre es Marga. Ven, sígueme. Te estábamos esperando.
—¡Oh, Marga! ¡Qué linda! —puso voz de falsete y gesticuló exageradamente con las manos—. Encantado, corazón.
Julián rompió a reír una vez más. Daniel apretó la mandíbula y, cuando la joven no miraba, se pasó un dedo por el cuello simulando lo que le haría. Una muerte lenta y dolorosa. Julián se desternilló.
—Suerte, cariño. ¡A por todas! —lo animó, palmeando el culo de Daniel. Este gruñó y forzó una sonrisa destinada a la guapa morena que se esforzaba por mantenerse seria.
Abochornado, Daniel caminó hasta una puerta en la que se leía el letrero de Ruth Lago, directora creativa. Esperó a que Marga tocase y se infundió valor. La tal Ruth era una arpía que se merecía todo aquello y se recordó que alguien que pudiese robar a su competencia tan libremente sería horrible, por fuera y por dentro.
Esperó a que la joven se fuese, asió el pomo, respiró hondo y se metió en el papel de su vida.
—¡¡¡Holitaaaaa!!! —gritó con un tono muy agudo, moviendo el culo ostentosamente y la mano como si le fuese a dar un telele. Con tanto ritmo perdió el equilibrio y cayó al suelo. La maldita diadema se desplazó hasta sus ojos.
Ruth no tuvo tiempo de reaccionar. Tras la sorprendente entrada, escuchó un golpetazo y lo siguiente que vio fue a su entrevistado en el suelo. Corrió a ayudarlo.
Daniel se recolocó la diadema y aleteó las pestañas postizas. Al enfocar la mirada enmudeció.
—¿Tú eres… eres Ruth? —preguntó con voz ronca, olvidándose de su rol.
—La misma —respondió sonriente, y Daniel sintió un pinchazo en el pecho.
Ella le ofreció la mano, y él la miró arrobado. Luego recorrió su esbelto y delgado cuerpo enfundado en un vestidito rosa con estampado de colores y acabó enfocándose en esa cara de hermosa perfección. Unos ojos oscuros, de tonalidad marrón chocolate, grandes, redondos y seductores dominaban la carita pequeña de rasgos delicados y carnosos labios.
Por un instante olvidó su propósito y se dispuso a desplegar todo su encanto con esa diosa terrenal, hasta que su móvil sonó con la canción Barbie Girl, de las Spice Girls. Y lo único que pudo hacer es forzar una sonrisa mientras planeaba las mil y una torturas que le infringiría a Julián.

3 comentarios :

Tricia Ross dijo...

Qué pronto voy a echarle el guante a este libro... En cuanto tenga un poquito de tiempo. Me ha gustado mucho este fragmento. Mucha suerte guapa!!

Marian Arpa dijo...

A por él que me voy ahora mismo... ahorita mismo... jajajaja

Seguro que es un éxito Alexia.

Un beso.

Marian Arpa.

Alexia Mars dijo...

Muchas gracias, chicas. Un besazo <3

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