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sábado, 28 de enero de 2017

'A la caza de un seductor'

¡Hola romántic@s! Ayer os anuncié que ya estaba en preventa mi nueva novela a la 'Caza de un seductor', una comedia romántica que constará de cuatro títulos (se pueden leer de forma independiente). El 1 de febrero (¡ya está ahí!) sale el primer libro y mientras llega el miércoles querría daros un adelanto. Espero que os guste y disfrutéis con ella tanto como yo al escribirla. Un besote enooormeee.


Formato: Digital
  • Tamaño del archivo: 1082 KB
  • Longitud de impresión: 237
  • Editor: Ediciones B 
  • Género: Comedia romántica

Protagonistas: Sara y Nicolás:



Estos son los personajes femeninos en los que me he basado:


Booktrailer:





A LA CAZA DE UN SEDUCTOR

Prólogo

Con paso decidido, Sara cruzó el verdoso parquecito que adornaba la entrada de la Ciudad de la Justicia. Traspuso las grandes puertas de cristal y se dirigió al puesto de control. Armando, el guardia civil que controlaba las entradas y salidas, la saludó con una brillante sonrisa.
—¿Otra vez por aquí, letrada?
—Me temo que sí, Armando —le respondió ella con tono apagado.
—Vaya, no parece usted muy alegre hoy. ¿Un día duro? —apuntó observando el aura de tristeza que la rodeaba.
—Peor, me siento como si fuese la primera vez que vengo al juzgado. —Y sin que él la oyese señaló—: Bueno, y en cierto modo así es.
—Tranquila, eso nos ha pasado a todos. Verá como mañana ve las cosas de otro color. No hay nada que no se arregle con un sueño reparador. —Sara pensó en su problema y deseó que pudiese desaparecer tan fácilmente. No, lo suyo no se solucionaba durmiendo.
—Eso espero —le contestó, mientras pasaba por su lado—. Que tenga un buen día, Armando.
—Lo mismo le digo, abogada. —Inclinó la cabeza a modo de despedida y observó el contoneo de las caderas de la atractiva joven. Suspiró. «Si tuviese veinte años menos…»
Las puertas del ascensor se abrieron y Sara emprendió el camino hacia el mostrador. Un recorrido que había hecho cientos de veces, pero que ahora se le antojaba diferente, quizá porque esta vez le atañía directamente…
Miró el reloj. Nueve menos diez. Bien, tendría que aguardar hasta que llegase su turno. Se dirigió a la zona de espera y tomó asiento. De reojo observó a la mujer que hablaba con la auxiliar y un extraño nerviosismo invadió cada poro de su piel. Cerró los ojos e inspiró. ¿¡Que le pasaba!? Esto era lo que tanto había deseado, ¿no? Taconeó con sus stilettos negros y entrelazó las manos, masajeando inconscientemente la preciosa alianza que todavía decoraba su dedo anular.
Su corazón, ya de por sí agitado, sufrió una sacudida cuando un estruendo seguido de un poderoso «¡¡¡aaayyy!!!» sonó tras ella. Observó la escena con el ceño fruncido; una joven había arrollado a un hombre y ahora se encontraba encima de él, rodeados por un montón de papeles. La rubia del abrigo fucsia se puso en pie con dificultad y se deshizo en disculpas con su víctima, quien farfulló algo acerca de «la gente que no mira por dónde va», recogió sus documentos y desapareció entre maldiciones.
Sara cerró los ojos y pidió paciencia. A continuación lanzó una mirada colérica a esa mujer metomentodo que conocía demasiado bien.
—Bea, ¿se puede saber qué haces aquí? ¡Te dije que te mantuvieses al margen! —le susurró enfurecida, antes de darle la espalda. La otra, lejos de amilanarse por sus ácidas palabras, se sentó a su lado, mientras se recolocaba las gafas del mismo tono de su abrigo.
—¡Estás cometiendo un error, boba, y alguien tiene que impedirlo!
—Ah, y esa eres tú, cómo no —rio con ironía—. Refréscame la memoria, Bea. ¿No eres la misma que hace unos meses dijo que los tíos son como las hadas, mueven su varita mágica, hacen un milagro y desaparecen, y que por eso nosotras debemos usarlos y remplazarlos a la menor oportunidad?
—Consejo que sólo escuchas cuando te interesa, como ahora. También he dicho muchas veces que si encuentras a uno que se parezca al café, será tuyo para toda la vida.
—¿¡Cómo!?
—Esos que saben bien, son calientes y te mantienen despierta toda la noche —soltó una carcajada.
—Déjate de frasecitas tontas y márchate. Quiero hacer esto sola, será más fácil para mí.
—¿¡Cómo puedes ser tan lista para algunas cosas y tan ciega para otras!? —extendió los brazos hacia arriba y exclamó—. Oh, Dios, ¿por qué le das pan a quien no quiere comer y a otras nos matas de hambre? Con semejante hombre yo…
—¡Cállate! Basta, Bea. Sé qué es lo que más me conviene. Acéptalo, yo ya lo he hecho.
—Pero…
—Por favor, no me lo pongas más difícil. —Sara se levantó y se acercó al mostrador que ya estaba vacío. Era su turno.
—Abogada, qué placer verla de nuevo —expresó la auxiliar que la atendía—. ¿Qué tenemos hoy?
—Vengo a ratificar mi demanda de divorcio. Si eres tan amable…
—¿Us… usted? —la cortó la trabajadora, con la sorpresa reflejada en el rostro—. Yo… disculpe, deme un momento, voy a por los papeles.
Ahora que el desenlace de su historia se acercaba, la desolación de Sara no conocía límites. La seguridad de la que había hecho gala en las últimas horas se esfumó de pronto para ser sustituida por la indecisión. Con el corazón desbocado aceptó los documentos que la empleada le entregó. Los observó una y otra vez, petrificada, ¿por qué no era capaz de dar el paso?
—¿Necesita un bolígrafo?
—No, gracias, tengo el mío. —Con manos temblorosas rebuscó por el bolso. Sacó las llaves, el monedero, los pañuelos, el pintalabios… «¿Dónde leches estaba el boli?»
—Sara —la llamó su amiga acercándose—. Toma el mío. Acabemos con esto. —Cuando lo cogió, Sara sintió un apretón en su mano, alzó la mirada atribulada y le permitió ver el sufrimiento que realmente sentía. Trató de recomponerse y retener esas lágrimas que amenazaban con salir.
Respiró profundamente e intentó reunir valor. ¡No podía! Cerró los ojos y contó hasta tres. «Vamos, Sara, es lo mejor. No seas cobarde. Tienes que hacerlo, ¡no hay otra salida para vosotros! ¿O es que quieres acabar con el corazón destrozado? ¡No puedes enamorarte de él! ¡Firma!». Acarició la hoja y sonrió con verdadera pena. ¿A quién quería engañar? Quería a ese hombre, se le había metido en la piel. Por eso, por él, debía firmar. Se merecía ser libre. Quitó la tapa y acercó la tinta al papel. Había llegado el momento de decir adiós al amor de su vida.
De repente, una voz retumbó por el pasillo.
—¡¡¡Sara, no firmes!!! Ni se te ocurra hacerlo. —Incrédula, dio un respingo. El pulso se le aceleró al tiempo que giraba el cuerpo. Con lágrimas desbordadas por el rostro caminó nerviosa hacia su esposo.
—Por… ¿por qué? —acertó a entonar.
—Porque te quiero.


1

Sara Lago Maldonado, abogada especializada en derecho de familia (vamos, lo que comúnmente se conoce en la práctica como de divorcios) soltó una estruendosa carcajada que rompió el silencio reinante en el pequeño despacho cerrado. Cogió, casi con reverencia, el calendario que formaba parte de los elementos que componían su mesa de trabajo y destapó un rotulador permanente, al tiempo que señalaba una fecha. La de hoy: veintiocho de febrero.
Con ironía sonrió al destino. Muy pronto, exactamente en unas horas, Luis Pineda Ocaña se postraría ante ella y por fin le pediría que fuese su esposa. Sí, puede que esos anhelos fuesen algo retorcidos para alguien que se dedicaba laboralmente a separar parejas. Pero, en el fondo, era una romántica. Y, después de cinco años esperando a ese «sí quiero», ya le tocaba. Luis se estaba tomando su tiempo, vaya si lo hacía.
Lo cierto es que nunca creyó que ese momento llegaría, pues Luis siempre afirmaba que él no era hombre de bodas y niños. Al principio pensó que era un farol, pero con el paso de los años comenzó a creer que sus palabras eran ciertas, sobre todo, cada vez que una de sus amigas se casaba y tenía hijos. Casi había perdido la esperanza hasta que lo encontró.
Esa misma mañana, la de su aniversario, había salido a trompicones de la cama; muerta de sueño se dirigió a la cocina y chocó con una de las sillas, tirándola al suelo y volcando la chaqueta que descansaba apoyada en el respaldo. De ella, cayó una preciosa cajita que Sara se agachó a recoger sin prestarle mucha atención. Fue al dejarla en la mesa cuando su mente despertó y la bombillita se encendió. Caja, más aniversario, más demasiado tiempo esperando…. ¡Se lo iba a pedir! Temblorosa, la abrió, y un despampanante brillante la deslumbró. Sí, puede que fuese muy ostentoso para ella y algo grande, según comprobó al enfundarlo en su dedo anular, pero no importaba. Nada lo hacía ya, porque por fin ese anillo había llegado.
Corriendo, lo guardó y dejó la chaqueta en su sitio. Intentó disimular cuando él apareció antes de irse al banco, pero no pudo abandonar esa sonrisa tonta que la acompañaba desde entonces. Pensó en Carmina y taconeó los zapatos con alegría. ¡Menuda sorpresa se llevaría la arpía! Ya se moría de ganas de que llegase el miércoles, día en el que las chicas se reunían, y le tapase la boca con su sortija. Se acabaron las interminables charlas sobre bodas e hijos en las que ella jamás podía participar, adiós a las miradas compasivas y los cuchicheos. Ahora, Sara, a sus treinta y tres años, se vestiría de blanco; le pesase a quien le pesase.
El teléfono sonó sacándola de sus cavilaciones. Al descolgarlo, la voz de Bea, su secretaria y amiga, la recibió.
—¿Sí?
—Sara, acaba de llegar un paquete para ti. ¿Te lo llevo? —Una oleada de excitación la invadió. ¿Sería de Luis? La verdad es que si no fuese por el anillo hasta habría creído que no recordaba el aniversario de lo bien que disimuló. Ni siquiera la despidió con un beso y notó cómo intentaba echarla de casa. Claro, el pobrecito estaba preparando la sorpresa. ¿Sería en su piso? ¿La llevaría a cenar fuera?—. Oye, ¿sigues ahí?
—¿Eh? Sí, sí, perdona Bea. Tráemelo.
—Menos mal. Ya pensaba que me dejarías aquí muerta de la intriga. ¡Voy! —Sara suspiró. Tráemelo no significaba Bea ven, ábrelo conmigo y cotillea… En fin, así era su amiga. Afirmación que reforzó cuando la puerta se abrió y una rubia de mediana estatura entró con paso decidido portando una caja entre sus brazos. Como siempre, las gafas de Bea iban a juego con su modelito del día, esta vez, un azul eléctrico que destacaba sus preciosos ojos azules y acompañaba a la enorme flor del mismo tono que le hacía de tocado. Observó cómo se acercaba a su mesa, depositaba la caja con sumo cuidado y tomaba asiento en la silla de enfrente—. Venga, ¿a qué estás esperando?
—¿No tienes nada que hacer? —le espetó Sara malhumorada.
—¿Bromeas? No hay nada más importante ahora mismo que ver qué es eso y de quién. Por cierto, se rumorea que el sobrino de los jefes va a venir. Es un tío guapísimo, por uno así me pongo los grilletes.
—¿Ah, sí? Bueno, la verdad es que me importa bien poco ese consentido. No sé mucho de él, salvo que estudió Derecho en el extranjero y que no ha dado un palo al agua desde que se graduó. O al menos eso es lo que insinúa la señora Vallejo. No entiendo qué se le ha perdido aquí, la verdad. Pero que venga, igual aprende un poquito de seriedad viendo cómo funciona un bufete de verdad. Por cierto, ¿cómo sabes tú que es guapo si no lo has visto nunca?
—¡No me puedo creer que hagas esa pregunta! Bueno, sí puedo, es que a veces se me olvida que eres una antigualla y eso de las redes sociales está muy alejado de ti. Facebook, querida amiga, esa cosa de la que huyes como la peste, puede ser una fuente de información muy útil. He entrado en su perfil, que es público, y le he echado un ojo. Y le digo, abogada, que si ser sexy fuese un delito ese hombre estaría en la cárcel. Nicolás Rico Caballero. —Suspiró soñadora al recordar ese rostro atractivo de cuerpo musculoso—. Y rico está el tío. Un auténtico bombón Ferrero Rocher.
—Ya será menos, exagerada. —Sara rio de las payasadas que hacía Bea. Luego, se centró en la olvidada caja y la abrió. Una tarjeta precedía a lo que parecía una prenda. ¿Su vestido de esa noche, tal vez? Agarró el papel y leyó el contenido agrandando los ojos por la sorpresa.
¿¡Qué pasa!? ¿De quién es? —Bea se alzó intentando leer el contenido de la tarjeta; cansada de esperar se la arrebató de las manos y devoró lo que allí se decía soltando una carcajada al hacerlo—. «Feliz aniversario, hermanita. Te deseo una noche picante… Ruth». —Releyó en voz alta Bea, mientras Sara descubría un picardías negro y rojo.
—Definitivamente, Ruth se ha vuelto loca. ¡No pienso ponerme esto!
—¿Y por qué no? Sara, haz algo atrevido por una vez en tu vida.
—¡Decididamente, no! Ya puedes llevártelo. Luis no es de esos, Bea, no creo que le gustase verme así.
—Preciosa, ¡todos son de esos! Dale un picardías a tu Luis y lo tendrás comiendo de tu mano toda la semana.
—¿Tú crees?
—Y tanto que sí. Mira, puede que él sea más convencional, y no tan fogoso como antes, pero esto —cogió la prenda y se la puso encima— enciende a cualquiera, amiga, créeme.
—Pero, Bea, no me veo con algo así. Y tampoco tengo un cuerpazo… Igual no me queda bien.
—¡Pero bueno! Chica, tú tienes más curvas que una carretera y eso atrae más que una de esas mujeres palo. Y si no, mírame a mí, como decía mi madre lo mío no es gordura, es hermosura en abundancia. Ah, y tengo más de uno de esos. Los uso bastante, puedo darte algún consejo de postura también…
Bea se acercó a la entrada, echó la cabeza hacia atrás, alzó un pie apoyándolo en la puerta y el brazo derecho lo colocó por encima de la cabeza con la palma abierta. En el rostro, una sonrisa provocadora.
De repente, la puerta se abrió y Bea se dio de bruces contra el suelo.
—¿Qué está pasando aquí? —vociferó el señor Rico, dueño del bufete, al ver a Bea tumbada en el suelo.
—¡Señor! Disculpe, yo… —rompió a reír y escapó del despacho entre carcajadas.
—¿Sara? —la aludida se apresuró a esconder la caja bajo su mesa e intentó aguantar la risa.
—Perdone, señor Rico. Bea estaba apoyada en la puerta cuando usted abrió, perdió el equilibrio y el resto… ya lo sabe usted. —El señor Rico movió la cabeza con una sonrisa. Le caía bien la secretaria, era ingeniosa la muchacha. Siempre lo hacía reír con una de sus ocurrencias—. Si viene a por el informe del caso González, aquí lo tengo preparado. Se lo iba a llevar ahora mismo.
—No, no. Aunque te lo agradezco, Sara, como siempre eres extremadamente eficiente. —Tomó asiento frente a ella. Calló y, tras una breve pausa, retomó la conversación. Sara se percató de que se le veía algo incómodo con lo que iba a decir—. Verás, como sabes, llevo ya un tiempo queriendo retirarme. Ya tengo una edad, Sara, y uno necesita descansar. Aprecio mucho tu trabajo y dedicación, eres la mejor abogada que tiene este despacho y tu porcentaje de casos resueltos satisfactoriamente es innegable.
—Gracias, señor Rico —contestó con las mejillas teñidas de rubor. Aquí estaba, su gran momento. ¡Menudo día de sorpresas! Llevaba esperando esta noticia tanto tiempo… Por fin la haría socia del bufete. Cerró los ojos saboreando ese precioso instante, antes de hablar—. En Rico & Vallejo Abogados me siento como en casa, desde que llegué aquí, cuando todavía hacía prácticas, usted y su mujer han sido mis mentores. Y no tengo palabras para agradecérselo.
—Me alegra escucharte, hija mía. Para Amparo y para mí eres mucho más que una trabajadora. Por eso, siempre tuve claro que algún día dirigirías este equipo… —Sara se sujetó a la silla y clavó en ella sus uñas. ¡Sí, sí, síiiii! Su gran oportunidad. Exhaló aguardando la proposición final—. Y así iba a ser hasta que apareció Nicolás.
« ¡Espera! ¿¡Quéee!? Tranquila Sara, respira. Cuenta hasta tres y no grites, por lo que más quieras no se te ocurra gritar», se dijo mentalmente, controlando a duras penas su temperamento.
—¿Ni… Nicolás? —consiguió articular con una sonrisa forzada.
—Sí, mi sobrino. Mi mujer te habrá hablado de él en más de una ocasión. Es el hijo de mi querido hermano pequeño; le tenemos mucho cariño al muchacho. Para nosotros es como un hijo. —Sus ojos se empañaron de tristeza—. Ya sabes que desgraciadamente no fuimos bendecidos con uno. —Sara lo observó fijamente y él carraspeó desviando la mirada—. Pues bueno, hace unas semanas me llamó y me dijo que volvía a España y que estaba interesado en formar parte de mi bufete, lo que me alegró muchísimo, ya que es una oferta que le propuse hace tiempo. Podrás imaginar, querida, mi sorpresa. Por supuesto acepté. Ese truhan necesita sentar la cabeza y no veo mejor manera de hacerlo que a tu lado. Sé que te pido mucho, Sara, y que has trabajado muy duro para dirigir todo esto algún día. Y así será, pero no lo harás sola, Nicolás estará junto a ti. Creo que os llevaréis muy bien y estoy seguro de que tú también aprenderás cosas de él.
Sara contó hasta diez mentalmente, y tragó saliva varias veces. « ¡Ese idiota había arruinado sus planes! ¿Aprender de él? Ja. Cuando las ranas tuviesen pelo».
—Como usted diga, señor Rico —farfulló malhumorada—. ¿De qué área se encargará su sobrino?
—Eso es lo mejor, Sara, le apetece probar con el derecho de familia. De hecho, tiene la especialidad.
—Pero, eso es lo que hago yo, señor Rico.
—¡Claro! Es perfecto. A partir de ahora no sólo dirigiréis esto codo con codo, sino que también llevaréis los casos juntos.
—¡¡De ninguna manera!! —estalló Sara.
—¿Cómo?
—Señor Rico, ¿pretende que sea su ayudante? No estoy dispuesta. Lo siento, pero eso sí que no.
—No, no, Sara. Trabajaréis en igualdad de condiciones, ambos opinaréis en cada caso.
—Pero es una locura…
—¡Está decidido! —expresó alegre, levantándose de la silla y sonriéndole—. Pronto apreciarás las ventajas de este cambio, Sara. —Se acercó a la puerta y cogió el pomo. Luego, se giró hacia ella—. Seis meses.
—¿Cómo? —preguntó totalmente abatida.
—Si en seis meses no os ponéis de acuerdo, me replantearé todo esto. Intentadlo ese tiempo y, si de verdad no sale bien, elegiré entre los dos. El que haya demostrado ser el mejor será socio de Rico & Vallejo Abogados.
La joven meditó la propuesta durante unos segundos.
—Acepto, señor Rico —respondió finalmente. Su jefe asintió con la cabeza y desapareció.
Sara se levantó de la silla y, en un arranque de impulsividad se quitó la falda de tubo negro, la camisa blanca y se puso el picardías. Luego cogió el abrigo y se lo colocó; ocultando lo que llevaba debajo. Volvió a pensar en su nuevo enemigo y apretó con fuerza el cinturón. «Prepárate, Nicolás Rico, la guerra acaba de comenzar», juró con una sonrisa de triunfo.


2

Bea se percató de que seguía con la boca abierta cuando una mosca decidió invadirla. Soltó un gritito, sacó la lengua y escupió.
—¡¡¡Beaaaaaaa!!! —rugió Alfonso Rico mientras se quitaba las gafas de las que chorreaba algo viscoso que a todas luces parecía la saliva de ella.
—Se… señor Rico, yo… ¡pero hombre, qué hacía usted ahí! ¡Podría haber avisado de su llegada!
—Lo que me faltaba. Créame, señorita Martínez, que si hubiese sabido que me recibiría con un…un…
—¿Escupitajo? —La miró echando chispas por los ojos. Se mesó el cabello y respiró sonoramente. Bea se acercó a su mesa, se sentó y compuso cara de inocente mientras le sonreía—. ¿Desea usted algo?
—¿¡Qué!?
—Bueno, si ha venido hasta aquí, digo yo que algo querrá, ¿no? —Se quedó callado mientras la perforaba con los ojos. Finalmente atinó a decir: «¿Sara está dentro?». Ella negó con la cabeza—. Salió unos segundos antes de que usted llegase. De hecho, eso fue lo que me hizo abrir la boca, que la mosca se colara, escupiese y se lo lanzase a usted.
—¡Pero qué está hablando ahora! ¿Está Sara o no?
—Eh, no. Ya se ha ido. Me ha dicho que se tomaba la tarde libre, ¿quiere que la llame al móvil?
Alfonso Rico fue a contestar justo cuando escuchó:
«¿Ya te vas, Sara?»
«Sí, Andrea. Por hoy ya está bien. Hasta mañana»
—Mire, ahí la tiene, si se da prisa puede que la alcance… —gritó Bea al hombre que ya corría hacia la puerta. ¿Qué sería tan urgente? Pensó en Sara y rio. Cuando la vio salir del despacho no dio crédito. Primero porque era la primera vez que se iba antes que ella y segundo porque al hacerlo le lanzó la caja vacía. Voló hacia su despacho y enseguida vio su ropa apilada en la silla. Incrédula, se acercó a la puerta desde donde la vio entrar al servicio. Seguía anonadada cuando la maldita mosca decidió fastidiarle la tarde. Por su culpa le había escupido al jefe.
Sara se sentía atrevida, una sensación que no experimentaba desde hacía años. Extrajo del bolso el pintalabios rojo y resaltó su boca con el carmín. Luego, cediendo a un impulso, se deshizo el moño, se hizo la raya de lado y se peinó el cabello con los dedos. Sacó el móvil y miró el whatsapp. Nada. Sonrió pensando en que Luis la sorprendería al llegar a casa, seguramente habría preparado una cena, o la instaría a cambiarse y se la llevaría a un restaurante y…
La puerta del servicio se abrió y Sara se encogió mentalmente. Inclinó la cabeza hacia la desconocida; posiblemente sería una nueva clienta. Se apretó más el abrigo y se recordó que no debía entretenerse. Nadie la tenía que ver en ese estado, sería bochornoso. Rememoró la cara de su amiga cuando se despidió y sus ojos chispearon de diversión. Sin embargo, una cosa era que Bea la viese y otra, algún compañero o, peor aún, el señor Rico.
Esperó a que la mujer se fuese y se acercó a la puerta. Espió la salida y lanzó un chillido de alegría al ver que el pasillo estaba desierto. Salió apresurada y apretó el paso, directa a su meta: el ascensor. Tocó el botón y, justo antes de verse libre, oyó tras ella:
—¿Ya te vas, Sara? —«Mierda», resopló, asiendo fuertemente la apertura de su abrigo. Giró la cabeza y sonrió levemente a su compañera.
—Sí, Andrea. Por hoy ya está bien. Hasta mañana.
—Me alegro, ya era hora de que salieses a tu hora. Disfruta de la tarde, mañana te veo.
Con un movimiento de cabeza se despidió, cerró la puerta del bufete y se adentró en el pasillo exterior, pulsando el ascensor. Tras varios segundos éste llegó, accedió a él, presionó el botón del parking y cerró los ojos apoyando tranquilamente la espalda en el interior del aparato elevador mientras se decía que lo peor ya había pasado. O eso creía hasta que escuchó la voz de su jefe:
—¡¡Sara!! ¡Espera, Sara! —gritó él, apareciendo de repente y corriendo hacia ella.
Presa del pánico, empezó a golpear el botón. «Vamos, vamos, vamos. Joder, ciérrateeee».
Las puertas parecieron oírla porque comenzaron a estrecharse, pero no fue suficiente. El pie del señor Rico se coló y en menos de un segundo lo tuvo junto a ella. Incrédula, observó cómo él trataba de recuperarse de la carrera y se agarró fuertemente a la única prenda que la protegía de la desgracia.
—Menos mal que he llegado a tiempo, Sara. Necesitaba hablar contigo urgentemente. Verás, Nicolás acaba de llamar y…
Un golpe lo silenció. Sara recibió una sacudida y fue a aterrizar encima de su jefe. Rápidamente se apartó y se alejó todo lo que pudo, envolviéndose en su abrigo. ¿Podría pasar algo peor? Pues sí, el ascensor se había parado.
Y a los pocos segundos, la luz se fue.
—¿Sara? ¿Estás bien? —Alfonso extendió la palma intentando dar alcance a la chica. Se concentró en adaptarse a la oscuridad, pero fue en vano—. ¡Muchacha! —exclamó con histerismo.
—Estoy bien, señor Rico. No se preocupe —dio un paso y rozó con los dedos los botones—. Creo que deberíamos dar aviso. ¿Este ascensor no tiene timbre de emergencia?
—Si te digo la verdad, no tengo ni la más remota idea —extrajo del bolsillo su teléfono y tras desbloquearlo soltó un bufido audible—. ¡Tanta tecnología y todavía no han inventado un móvil con cobertura en este tipo de sitios!
Sara siguió toqueteando hasta que en el último pulsador sonó una estridente alarma.
—¡Estamos salvados, señor Rico! Ahora sólo resta esperar. En unos minutos nos sacarán y esta pesadilla habrá acabado. —Su jefe soltó una carcajada y se agachó en el suelo, tomando asiento.
—Sara, ya que nos toca esperar me gustaría comentarte lo que me trajo en tu búsqueda… Uy, Sara, ¿no tienes calor? —Tosió—. Dios mío… ¡Creo que me estoy quedando sin oxígeno —chilló haciendo ruidos con la boca, como si realmente se estuviese ahogando. Sara pidió paciencia y se entregó a la tarea que tenía por delante, calmar a su claustrofóbico jefe.
—Señor Rico, tranquilícese, es imposible que nos falte el aire, pues entra por las rendijas. Está agitado por el susto pero cuando se calme verá como todo está bien. Sólo tenemos que aguardar la llegada de los bomberos.
—Aaaaiijjj. Sara… —Su voz sonaba estrangulada—. Sara, ¡me ahogo! Es mi fin. Lo sé.
—¡Señor Rico! —gritó ella mientras cruzaba la distancia que los separaba. Cogió su móvil y alumbró con él. Ante sus ojos apareció el rostro crispado de Alfonso, cuya frente estaba perlada de sudor. Con la mano derecha apretaba el nudo deshecho de la corbata, que sobresalía de la camisa abierta, de la que se observaba la empapada camiseta interior. Él yacía tirado en el suelo, como vencido por las fuerzas. Con la luz del teléfono buscó su bolso y como pudo lo abrió y extrajo unos papeles. Regresó al lado del que ahora lloriqueaba entre lamentos y lo abanicó cual marajá.
Media hora. Una hora. Hora y media… ¿¡Cuándo aparecerían los bomberos!? Sara no sentía el brazo, durante más de cuarenta minutos abanicó sin descanso a su jefe, y trató de apaciguarlo con suaves palabras. Estaba a punto de perder su propia calma, cuando de los labios del otro escapó un ronquido. ¡Se había dormido el muy desagradecido! Mientras ella sudaba la gota gorda por serenarlo. Chorreaba de pies a cabeza, incluso él se lo señaló antes de pegar su cabezadita.
—Sara, pero ¿qué haces con ese abrigo? ¡Te va a dar algo! Anda, quítatelo —la regañó, extendiendo la mano hacia ella.
—¿¡Qué!? No, no, si tengo frío…
—¡Cómo es posible! Si tienes la mano ardiendo —le señaló, tocándosela. Volvió a la carga sujetándole la prenda y ella lo apartó de un manotazo—. ¡¡Muchacha!! —se quejó.
—Siga tumbado. ¿Quiere más aire o ya se encuentra mejor?
—¿Mejor? Ay Sara… ¿Es que no ves que me muero? No me abandones… No dejes a su suerte a este pobre viejo…
—¡Está bien! Seguiré abanicándole… —respondió enfadada.
—Qué buena eres, Sara…
Y así fue como se durmió. Y ella se quedó a su lado, sudada, cansada y harta.
De repente, se escuchó una voz. ¿Iban a rescatarlos por fin? La luz volvió y el ascensor se puso en marcha. ¡Sí! Pronto saldrían de ahí.
El señor Rico se levantó con los ojos alegres. Lejos estaba de la muerte, muy al contrario, se lo veía fresco como una rosa. Ella, en cambio, debía presentar su peor aspecto. Lo observó acicalándose y sonriéndole resplandeciente. Quiso gritar, gritar como una loca, pero no lo hizo porque ella nunca perdía los papeles. Nunca, por mucho que la provocasen.
En cuestión de minutos las puertas se abrieron en la misma planta en la que quedaron atrapados, o sea, la última. Toda la plantilla del bufete estaba reunida en el rellano y al verlos estallaron en vítores. El señor Rico se hinchó como un gallo de corral y salió a recibir a su público. Explicó a cuantos lo escuchasen, sobre todo a los bomberos que asistían atónitos a su relato, cómo cuidó de su asustada trabajadora. Él le había asegurado que no morirían allí, pues confiaba en los suyos y sabía que pronto los sacarían…
Sara resopló malhumorada y aprovechó el ajetreo para escapar por las escaleras. Huyó de la búsqueda de Bea, quien apartada del resto intentaba hallarla entre los presentes.
Accionó la manivela que daba acceso a los escalones y corrió planta tras planta, escabulléndose por los pelos de las preguntas y el desastre. ¿Cómo se le pudo ocurrir esa idea tan idiota? ¡Se había quedado atrapada en el ascensor con su jefe llevando un picardías!
El bolso se escapó de sus manos justo cuando enfilaba el último tramo de escaleras y tropezó con él. De un solo salto cayó al vacío. Pero, antes de estrellarse contra el suelo, algo, o más bien alguien, la salvó.


Nicolás Rico saludó al portero del edificio con un movimiento de cabeza.
—Disculpe, señor. Tendrá que subir por las escaleras, ha habido un problema con el ascensor y están arreglándolo —le indicó el empleado.
—¿En qué piso queda Rico & Vallejo Abogados?
—Me temo que en el último, señor. —Soltó una risita—. Menos mal que está usted en forma, porque son diez plantas.
—Vaya suerte la mía —protestó con una sonrisa. Luego se encogió de hombros y se despidió—. Que tenga un buen día, señor…
—Romualdo. Romualdo Fuentes. Buen día para usted también, señor.
—Mejor Nicolás. A partir de ahora nos veremos bastante y eso de señor nunca me ha gustado, suena muy formal y viejo. —soltó una carcajada—. Llámame Nicolás o Rico, como prefieras.
—Disculpe, ¿ha dicho Rico? ¿Cómo el señor Alfonso Rico…?
—Soy su sobrino.
Los labios del otro se abrieron en una gran sonrisa.
—Qué placer conocerle por fin. Su tío lleva días hablando de usted, ya me había dicho que sería su sucesor.
Nicolás hinchó pecho y asintió con la cabeza.
—Sí, desde hoy mismo tomaré las riendas.
—Siempre creí que sería la señorita Sara, pero qué se yo, sólo soy el portero.
—¿Quién?
—Ha sido la ayudante de su tío y mano derecha en los últimos años. Una joven extremadamente seria. Eso sí, todas las mañanas me saluda con un «buenos días». Bea, su secretaria, siempre entra con ella y es muy dicharachera. Una vez hasta me regaló bombones y todo porque mi María había enfermado, es muy detallista, aunque tuve la impresión de que a la abogada no le sentó bien. La riñó por quedarse parloteando y le hizo subir tras ella.
Nicolás rio al imaginarse a semejante ogro.
—Imagino que la tal Sara será mi ayudante ahora —manifestó con desgana—. Espero que no me dé muchos problemas. Bueno, cuando sepa quién es el jefe se le bajarán los humos, ya lo verás Romualdo. Te aseguro que en un mes la tendré comiendo de mi mano.
Y tras esas palabras plagadas de risas, se despidió. Anduvo hacia las escaleras y subió el primer peldaño cuando algo salió de la nada y cayó encima de él, tirándolo al suelo y apaleando todos sus huesos.
—¡Oh! Perdone, ¿está bien? ¡Madre mía, lo he matado! —Sara se mordió los labios, angustiada. ¡Hoy no era su día! ¿Por qué todo le salía mal? Observó al hombre que permanecía debajo de ella sin reaccionar y gimió—. ¡Romualdo! Traiga un vaso de agua, ¡corra!
El portero no daba crédito a lo que veía. Sara tuvo que repetir su nombre dos veces hasta que reaccionó y se puso en marcha.
«¿Lo habré matado? No me extrañaría con el golpe que se ha dado en la cabeza…», pensó Sara, sin darse cuenta que lo decía en voz alta.
—No, no me ha matado, sólo necesito respirar. Si puede levantarse yo… —Sus ojos se agrandaron y dejó de hablar al observarla. Tragó saliva y la contempló de arriba abajo cuando ella estuvo en pie—. Vaya, si llego a saber que mi tío me daría este recibimiento habría venido mucho antes, preciosa.
—¿¡Qué insinúa!? ¿Y por qué me observa de ese modo?
—¿Y cómo podría mirarte? Tentarías hasta a un santo, y te aseguro que yo no soy ninguno.
Sara frunció el ceño y miró hacia abajo, el picardías en todo su esplendor daba cuenta de sus encantos. A causa de la caída, el traicionero abrigo se había abierto y ella ni siquiera pensó en cómo iba vestida, su única preocupación era para ese lascivo desagradecido que ahora la devoraba con los ojos. Presa de un gran bochorno puso los brazos en jarras.
—Vuelva a hablarme así y le haré comer sus palabras, baboso.
—¿Baboso? Perdone, señorita —remarcó con sorna el «señorita»—. Le recuerdo que usted se echó a mis brazos, literalmente. Y lo hizo casi desnuda. Mira, preciosa, puede que vengas de recibir a tu amante o vayas a verle —se le acercó—, pero si me dejas, puedo darte un placer inimaginable durante horas. Has encendido la mecha, nena. Ahora mi fuego es tuyo, apágalo y te daré lo que me pidas.
«¿La acababa de llamar puta? Sí, lo había hecho». Sara lo miró e hizo lo que jamás imaginó, perdió los papeles.
Todo pasó muy rápido.
Romualdo llegó, Sara se acercó a él, le quitó el vaso de agua y lo lanzó contra el rostro del desconocido. Luego, recogió su bolso y se alejó de allí con toda la dignidad que le permitió su tacón roto. Cojeando, con el pelo revuelto y más tiesa que un palo de escoba desfiló hacia las escaleras que daban acceso al parking del edificio, subió a su coche y se marchó a casa.
—Ya le dije, señor Rico, que era una joven con carácter. Lo que no entiendo es qué hacía vestida así, ¿cree usted que irá a una fiesta de disfraces?
Enfadado, Nicolás observó cómo la misteriosa mujer desaparecía.
—¿De qué estás hablando, Romualdo? ¿Quién es?
—La señorita Sara, señor.

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