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martes, 19 de julio de 2016

Dime que eres tú

¡Hola romántic@s! Hoy quiero compartir con vosotros un poquito de mi nueva novela, la primera en solitario.

Es un relato que transcurre en Seattle durante dos periodos (la acción se desarrolla desde 1900 hasta los años 20). Tendremos dos historias, la del pasado y el presente, y ambas se cruzarán a medida que avance la trama. Un secreto que unirá a todos los protagonistas. Un misterio que envolverá a cada uno de los personajes hasta el final. Dime que eres tú es una novela muy especial para mí, sé que habrán muchas más pero ésta siempre guardará un lugar especial en mi corazón. Es por así decirlo como mi niña bonita. Por ello, he querido dotarla de los géneros que más me apasionan: el romance histórico y el suspense.

Espero que la disfrutéis tanto como yo al realizarla y que cuando lleguéis al final de sus páginas sintáis ese: "Oh, no, no, ¡se ha acabado!", tal y como me pasó cuando le puse FIN.



Formato: Digital
  • Tamaño del archivo: 1128 KB
  • Longitud de impresión: 320
  • Editor: Ediciones B 
  • Género: Suspense romántico

SINOPSIS

La apacible existencia de la joven Ariadna Smith se verá perturbada cuando a la muerte de su madre encuentre entre sus pertenencias una fotografía que podría cambiar todo su mundo. 
Dispuesta a desentrañar el misterio se colará en la poderosa mansión Railey, en la que todos sus miembros esconden un secreto. Poco a poco una oscura telaraña se irá tejiendo a su alrededor y la verdad que tanto ansía se convertirá en un peligro mortal. 

Su única salvación está en las manos de un solo hombre: Christopher Railey, su acérrimo enemigo.

Para el personaje de Ariadna me inspiré en esta modelo:





(Con el resto de personajes dejé volar mi imaginación)

Y por último, os dejo con el prólogo y primer capítulo de Dime que eres tú.

PRÓLOGO

Ariadna bajó del coche de alquiler unas calles antes de la casa de la señora Jenkins, en la que se hospedaba. Necesitaba aire fresco. Odiaba la frivolidad que se respiraba en esa ciudad, ella era una mujer de campo, sencilla. Cómo deseaba que todo aquello terminase para regresar a la tranquilidad que se palpaba en su tierra, Montana. Aunque eso significase no volverlo a ver… «¡Basta!», se reprendió mentalmente, obligándose a alejarlo de sus pensamientos.
Cuando llegó a la entrada, una extraña sensación la invadió y un irracional miedo se alojó en su pecho. Se sentía aterrada. Respirando profundamente, giró la cabeza y examinó la calle. Nada. La oscuridad reinaba en cada rincón del callejón levemente iluminado por un débil rayo de luna. Un escalofrío le recorrió la espalda, y torpemente se ajustó el grueso abrigo que la cubría del frío.
«Vamos, Ariadna, no seas tonta, solo es el viento», se reprochó. Sin embargo, la inquietante sensación no desapareció. Alguien la estaba observando, podía sentir sus ojos clavados en la espalda. Eso, o sencillamente se estaba volviendo loca.
Con mano temblorosa rebuscó en su pequeño clutch  de pedrería hasta hallar las llaves. Las introdujo en la cerradura con cierta dificultad y rápidamente penetró en la estancia. Soltando el aliento, se apoyó en la gran puerta de madera y sonrió por su estupidez. Tenía demasiada imaginación, seguro que hasta la señora Jenkins podía oír los latidos de su corazón desde el cuarto. Al pensar en ella, se acordó de la llamada telefónica , ¿se habría comunicado con ella? Rezó porque la dueña de la pensión le hubiese cogido el recado, tentada estuvo de correr hacia ella para preguntarle pero era tarde y no tenía sentido molestarla, pudiendo esperar hasta el día siguiente… Con esa convicción se encaminó hacia las escaleras para subir a su habitación. Pero, cuando estaba a mitad del camino, se detuvo. Sin saber bien por qué, bajó los escalones y giró a la derecha, hacia el dormitorio de su casera. Sentía una ridícula preocupación, seguramente la buena mujer estaba durmiendo, pero, aun así, necesitaba acercarse. Golpeó la puerta con los nudillos, y esta se abrió con facilidad. «Qué extraño», pensó. Encendió la luz y se sorprendió ante el desorden que reinaba en la habitación. Se aproximó hasta la cama revuelta y entre las sábanas divisó uno de los ostentosos pendientes de plata dorada y amatista de la señora Jenkins. Con el pulso acelerado, se acercó lentamente hasta la puerta de enfrente por la que salía una pálida luz. Respiró hondo y asió el pomo. Al contemplar la estancia, se quedó sin respiración y, sin ser consciente de ello, emitió un grito desgarrador.
El cuerpo ensangrentado y sin vida de la señora Jenkins yacía en el centro de la hermosa tina plateada que databa de 1850. Arriba, en la pared, había un mensaje en el que se leía:
«¡Márchate o serás la siguiente, puta!».
Ariadna se mesó desesperada los cabellos, las lágrimas la cegaban. Pensó en la policía. Sí, debía llamarlos de inmediato. De repente, un ruido la sobresaltó, «Dios mío… ¡Ha vuelto!», sospechó aterrada. Con el corazón encogido de miedo, se giró para enfrentarse a su atacante y al verlo, agrandó los ojos con sorpresa. Era él, Christopher Railey.





1
Seattle, 1901

Caroline Johnson aguantó la respiración mientras Ruth, una de las doncellas de la casa, le ajustaba el entallado corsé que empujaba su busto hacia arriba y estrechaba su cintura en forma de s. Odiaba esa maldita prenda. Se preguntó si algún día las mujeres lucirían más cómodas. Al pensarlo, soltó una carcajada, imaginándose al bello sexo embutido en pantalones de hombre. Menuda idiotez.
Se dirigió hacia la cama y, con sumo cuidado, se enfundó el vestido de tafetán azul cielo que el modisto parisino Jacques Doucet había diseñado en exclusiva para ella. El ajustado corpiño de escote bajo dejaba muy poco a la imaginación, mientras que la estrecha falda, que acababa en forma de campana a sus pies, se acoplaba a sus caderas resaltando sus exuberantes curvas.
Se sentó en la silla del pequeño escritorio y dejó que Ruth hiciese magia con su lacio pelo, tan poco de moda en aquellos días, pues era sinónimo de carácter caprichoso. La doncella le onduló el cabello y se lo recogió en un alto moño del que desprendió varios mechones.
—¡Dios mío, señora! Parece usted un ángel —exclamó Ruth emocionada cuando su hermosa ama se puso en pie.
Ante la imagen que le devolvía el espejo, supo que Ruth tenía razón, esa noche causaría una gran conmoción. Se pellizcó las mejillas para darse color y salió de la habitación dispuesta a arrojarse a los lobos.
Agazapada entre las sombras, una joven la observaba con el ceño fruncido . «La hermosa y perfecta Caroline», pensó con una punzada de envidia mientras estudiaba sus bellos rasgos y su piel de alabastro. Ocultándose un poco más, la siguió con la mirada mientras descendía con majestuosidad las escaleras que conducían al vestíbulo de la entrada. Advirtió cómo los delicados dedos asían con fuerza la barandilla mientras sonreía coqueta a su pretendiente, Jeff Martin. Abajo, el pobre idiota la aguardaba con ojos bobalicones al tiempo que apreciaba sus formas. Qué patético resultaba ver su admiración cuando estaba claro que Caroline lo usaba como un títere para codearse con la alta sociedad. Jeff era el hijo de un prominente médico y, como tal, tenía las puertas abiertas a los sitios más exclusivos. Hubo un tiempo en el que esas mismas puertas los recibían con alegría, pero eso fue antes de la llegada de los acreedores. El cabeza de familia había caído en las garras del juego y para salvarlo, tuvieron que vender el Pearl Hotel, su principal fuente de ingresos. Y así, los Johnson fueron relegados al olvido. Sin embargo, la vanidosa Caroline no lo aceptó y convirtió a ese perro faldero en su salvación. Siempre conseguía todo cuanto se proponía la muy zorra, incluso tenía al viejo avaro comiendo de su mano. Maldita fuera una y mil veces, ¿por qué tenía que ser siempre el centro de todo?
Entornó los ojos al contemplar cómo Caroline apoyaba su delicada mano en el brazo de su pretendiente mientras le sonreía y se disculpaba por su tardanza. El mentecato la perdonó con una suave sonrisa y se adelantó para abrirle la puerta. En la calle esperaba el carruaje de los Martin; la pareja se acercó hasta el vehículo y se alejaron de su vista.
Con rabia, dirigió sus pasos hacia el cuarto del enfermo y antes de entrar en la recámara, se acercó al cuadro que adornaba el pasillo. Se fijó en la estampa familiar que ofrecían los Johnson, y su boca se estiró en una sonrisa siniestra; primero sería él y luego le tocaría el turno a la princesa. Trazó una línea alrededor de ese rostro de facciones delicadas que tan bien había inmortalizado el pintor y soltó una estruendosa carcajada. «Serás la siguiente, zorra», sentenció.
* * *
Jonathan Railey esperaba impaciente en el vestíbulo a que su socio bajase. «Condenado francés pomposo, llegaremos tarde por su culpa», pensó con enfado mientras miraba de nuevo el reloj. ¿Quién le mandaría a él asociarse con ese gallo de corral presumido? Ni que fuesen a recibir las cálidas caricias de una mujer; era solo una maldita reunión de negocios. Pero ya se lo imaginaba acicalándose como el buen dandi que era. Perdiendo toda paciencia, comenzó a subir los escalones hacia el cuarto de Jean-Pierre y cuando iba por la mitad de las escaleras, su estrafalario amigo hizo su entrada triunfal.
—¡Vaya! Hasta que por fin apareces, lechuguino —dijo Jon al verlo, al tiempo que contemplaba con sorpresa su smoking de chaqueta corta confeccionada en terciopelo color burdeos, con un solo botón y pantalones del mismo tono. Una camisa blanca, pajarita negra y un chaleco borgoña. Sacudiendo la cabeza. pensó en su Tuxedo simple de chaqueta y pantalón negro acompañado de una camisa y corbata blanca—. Pero qué diantres llevas puesto Jean-Pierre. Vamos a una reunión, ¿lo recuerdas? No sé en qué estarías pensando para ponerte... ¡Eso!
—No seas gazmoño, gringo. Estas prendas son la última moda en Francia. Además, que tú seas un aburrido no quiere decir que el resto también lo tengamos que ser. ¿Y por qué estás tan malhumorado? Venga, hombre, deja de fruncir las cejas y date prisa, que a este paso no llegamos —agregó antes de pasar por delante de su furioso amigo y dirigirse a la entrada.
—¿¡Que yo qué!? Sal de mi vista, francés mañoso, antes de que pierda la poca paciencia que me queda —murmuró entre dientes, luchando por controlar su ira—. ¡Cállate, Jean, ni una sola palabra más! —exclamó, cortando en seco la réplica de su amigo.
Suspirando, Jonathan volvió a mirar a su estrambótico socio y sonrió. Lo conoció cuando realizaba el Grand Tour a los 18 años. Sus padres querían que conociese un poco de mundo antes de asumir la responsabilidad de los negocios familiares; él, que por aquel entonces era un joven soñador, aceptó encantado de vivir una aventura como aquella. Cuando estaba en Francia, acudió a un club; allí se sumó a una partida de cartas, apostó una suma considerable y la perdió; abatido, fue a entregar el dinero a su oponente, pero entonces una mano lo frenó y acusó a su contrincante de hacer trampas al «gringo». Su salvador, un tal Jean-Pierre, fue retado a duelo y al día siguiente se batió por él. Con mucha destreza salió victorioso; Jon, que hacía de padrino, se acercó y le agradeció su ayuda. Luego, lo invitó a un trago y le dijo que lo recompensaría muy bien. Jean-Pierre lo miró con suficiencia y se rio de él.
Vamos, gringo, ¿es que acaso crees que lo he hecho por ti? Ese estúpido tenía una cuenta que saldar conmigo y gracias a tu intervención me he podido resarcir. Y si te preguntas por qué no lo reté antes, bueno mon ami, como sabrás, los duelos están prohibidos desde hace unos años, por eso tenía que lograr que fuese él quien… Pero bueno, ¿y ahora dónde vas? —exclamó enfadado al ver que su compañero se iba del club sin ni siquiera despedirse. Soltó una carcajada y pensó en la sorpresa del americanito cuando se volviesen a ver.
Jon salió hecho una furia del club. «Maldito intrigante», escupió. Tres días más tarde, subía al barco que lo llevaría a su próximo destino y para su horror ese detestable francés era el hijo del capitán. Jean sonrió cuando lo vio y se acercó, el endemoniado incordio decidió sumarse a su Tour y cuando llegó el momento de partir hacia América, le informó que se iba también, ya que nada lo ataba a ningún lugar. Había pasado parte de su niñez con su aristocrática familia materna, hasta que su padre fue a buscarlo. Desde entonces, recorrió medio mundo y según él mismo decía tenía ganas de establecerse en un «condenado sitio». Y así fue como Jon se vio encadenado a ese pomposo durante doce años. Un pesado arrogante con el que sorprendentemente compartía mucho más que con sus verdaderos hermanos, Jack y Jimmy.
Jonathan dejó de lado sus pensamientos y se fijó en la hora. «Joder, no llegarían a tiempo», se preguntó nervioso cómo conseguirían estar a las 21 horas en el Seattle Hotel, ubicado en la céntrica plaza Pioneer, si tan solo quedaba un minuto para la hora acordada. Se mesó el cabello y suspiró angustiado pensando en la oportunidad que perderían si no se reunían con Alexander Pantages, un visionario que quería establecer varios teatros de estilo Vaudeville en la ciudad. Su primer objetivo era construir el próximo año el Teatro Crystal. Jean había sido el responsable de esa reunión, él se enteró de las intenciones del empresario y concertó la cita. Jonathan, a pesar de sus reservas iniciales, pronto comprendió que ese tipo de entretenimiento era el futuro, por lo que sería una gran idea asociarse con ese hombre, aumentando con ello el gran imperio de la familia Railey, quienes supieron aprovecharse de la fiebre del oro de Klondike de 1897 creando el Edificio Pioneer, uno de los centros de negocios más importantes de Seattle, pues unas 48 empresas mineras tenían sus oficinas allí.
Con resignación, Jonathan asumió que la única forma de llegar puntual sería haciendo uso del endemoniado trasto de su hermano Jack, un Lohner-Porche Electromobile. El cabriolet de dos plazas y propulsión eléctrica podría servirles. Solo había un problema, ¿cómo diantres se conducía ese chisme? Él era un hombre de gustos sencillos, prefería su carruaje de siempre. Por Dios, qué sería lo siguiente si ya hasta hablaban del teletrófono, un aparato que permitía que dos personas se comunicasen a través de él, aun cuando había bastante distancia entre ellas. Sacudió la cabeza sonriente imaginando cuál sería el próximo juguete de Jack. Miró a Jean y decidió que sería él quien conduciría el extraño vehículo, se lo debía por tardón.
Subieron al coche eléctrico y con torpeza arrancaron. En pocos minutos alcanzaron gran velocidad y Jonathan cerró los ojos maldiciéndose interiormente por haber dejado que Jean condujese. No tenía ninguna duda, aquella noche sería su fin.
* * *
Caroline miraba distraída por la ventana del carruaje y soñaba con una vida diferente a la que le había tocado. Desde que su padre contrajo deudas de juego, todo había empeorado en su vida, su querido hotel fue embargado por los acreedores y su progenitor cayó gravemente enfermo, «una dolencia cardiaca», solía decirles el médico, aunque ella sospechaba que era más bien la vergüenza por lo que había destruido con sus vicios. Cuando todo se volvió negro, las responsabilidades recayeron sobre sus hombros y tuvo que rebajarse a lo que más detestaba en la vida, un matrimonio de conveniencia. Ella soñaba con encontrar el amor, con ser feliz junto a una persona que la amase y la respetase por lo que era y no por ser una cara bonita. Alguien que valorase su intelecto y la forzase a diatribas verbales, no quien la elogiase por conducirse como una perfecta dama. Detestaba esa pantomima, pero necesitaban el dinero. Su familia dependía de ella y no podía fallarles. Cómo echaba de menos a su madre, ella era una mujer fuerte y luchadora que no se rendía ante nada. Incluso plantó cara a aquellas fiebres que la alejaron de sus seres queridos cinco años atrás, seguramente ella sabría qué hacer en su situación. Suspirando con pesar, miró de reojo a Jeff y sintió un escalofrío; era un hombre apuesto, de rubia cabellera y rasgos angelicales, solo sus ojos del color del mar mostraban su verdadera personalidad, la de un ser frío y vanidoso que la trataba como si fuese una muñequita de porcelana sin cerebro.
Lo conoció en la fiesta que organizaron los Pommels hacía un año y la persiguió sin descanso. Al principio, ella lo rechazaba amablemente insistiendo en que solo lo veía como un amigo, pero cuando se enteró de la situación económica que atravesaba su familia la instó a aceptarlo. Por supuesto, Caroline se negó hasta que él se presentó en su casa con unos pagarés que Graham Johnson debía liquidar. La suma era tan cuantiosa que Caroline rompió a llorar desconsolada, pues ni vendiendo su casa conseguirían pagarla. Él le indicó que había una forma de resarcir la deuda contraída por su padre y evitar los tribunales. «Cásate conmigo, Caroline, y olvidaré estos papeles», ella lo miró con los ojos zafiros llenos de lágrimas, y con una gran pena en el corazón, susurró: «Sí».
Desde entonces, se sentía vacía por dentro y lo único que quería era llorar hasta caer rendida.
Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se percató de los movimientos de su acompañante; Jeff se había desplazado de su asiento y se había acercado a ella. De repente, sintió una mano posarse sobre su pierna y avanzar hacia arriba, Caroline se giró sorprendida y se alarmó al ver la proximidad de su prometido. El extraño brillo que traslucían sus ojos la inquietó y sin pensar en las consecuencias, estalló con furia:
—¿Cómo te atreves? No vuelvas a tocarme de esa forma jamás —le gritó llena de ira—. Te lo advierto, Jeff, si lo haces, no respondo de mí. Que seas mi prometido no te da derecho sobre mi persona.
Jeff soltó una carcajada y se abalanzó sobre ella. Le tiró el cabello hacia atrás con una mano y con la otra la cogió de la barbilla con fuerza.
—Te recuerdo, tesoro, que estás muy equivocada, tú me perteneces y puedo hacer contigo lo que se me dé la gana. Es más, podría tomarte aquí mismo y nadie me recriminaría nada; eres mía, Caroline, y yo decido lo que hacer contigo —le espetó mientras sus labios tapaban con fuerza los de la joven ahogando sus desesperados gritos. Tiró con firmeza de su cabello obligándola a echar la cabeza atrás y con la mano derecha le intentó bajar el corsé , rompiéndole parte del escote.
Caroline se sentía atrapada, su furia se había convertido en un miedo atroz, «¡esa serpiente iba a violarla!». Instintivamente, trató de cubrirse cuando le desgarró el vestido, pero él le apartó el brazo y con una mano poderosa le agarró un pecho, apretándoselo con crueldad. Ella le arañó la piel de los brazos e intentó morderle los labios que intentaban acallarla con violentos besos. Con un gruñido, se separó de ella brevemente y se tocó la sangre que emanaba de su boca.
—Estúpida ramera, ¡me has mordido! Pagarás cara tu insolencia —chilló con desdén, levantando el puño y golpeándola—. Vamos, palomita, no te hagas la estrecha conmigo, sé que lo deseas tanto como yo. ¿Sabes? Soy un caballero, por eso no voy a dejar que ruegues, te daré lo que tanto anhelas.
Sintiendo el amargor de la sangre en sus labios, Caroline supo que tenía que reaccionar o sería demasiado tarde para ella. De pronto, una idea cruzó por su mente y sonriendo a su atacante, le acarició el rostro.
—Tienes razón, Jeff, te deseo, siempre lo he hecho. —Tímidamente posó sus labios sobre su boca y se dejó arrastrar por ese repulsivo beso. Permaneció impasible ante sus caricias notando cómo se pegaba a ella para restregarle la hinchazón de sus pantalones.
—Así se hace, querida, buena chica. Jeff te enseñará lo que es tener a un verdadero hombre entre las piernas —le susurró él regocijado; su respiración aparatosa acarició el rostro de la joven—. Después de esta noche me suplicarás que te tome una y otra vez.
—La verdad es que no lo creo, asqueroso asno repugnante —contestó ella cuando lo sintió lo bastante cerca. Alzando la pierna con determinación, lo golpeó duramente en sus partes sensibles. Con un sonido ahogado, Jeff se dobló de dolor; Caroline aprovechó para escapar de sus garras y gritar al cochero que detuviese el vehículo; aferró con fuerza la portezuela y bajó del carruaje. Se giró y observó a esa rata de cloaca emitiendo lastimeros gimoteos en el suelo. Cerró con asco la puerta y como una sonámbula se adentró en la calle Yesler Way. Ajena a todo cuanto la rodeaba pensó en su padre, en su hermana y en las enormes deudas contraídas con la familia Martin. Con lágrimas en los ojos, miró al cielo y pidió perdón a los suyos. Pues ahora sí estaban perdidos.

—¡Dios Santo! ¿Pero es que quieres matarnos, hombre? Se trata de llegar a tiempo, no en un ataúd —replicó Jon cuando observó cómo su amigo giraba violentamente para adentrarse en la calle Yesler Way, situada al sur del Seattle Hotel—. Además, te dije que te desviases hacia James Street, zoquete, que nos venía mejor.
—¡Oh, por el amor de…! —estalló Jean, exasperado ante las continuas chanzas de su socio.
—¡Jean, cuidado! —lo interrumpió Jon con voz alarmada—. Joder, pero qué hace esa loca en mitad de la calle… ¡Frena, maldita sea! —le advirtió desesperado al observar cómo una mujer andaba directamente hacia ellos.
Al verla, Jean tocó el claxon insistentemente, mas la pequeña majadera ni se inmutó. Desesperado, Jon le arrebató el volante intentando girar el coche a la izquierda, pero fue demasiado tarde.
—¡Jon! ¿Estás bien? —preguntó Jean aturdido cuando recuperó la consciencia. Confundido, se agarró la cabeza e intentó despejar la mente de la nebulosa que amenazaba con engullirlo. Al no recibir respuesta, se giró hacia su amigo; asustado, le palpó la cabeza y notó cómo una viscosidad empapaba sus dedos—. ¡Oh no, Jon! Merde, tú no… —gimió angustiado antes de romper a llorar.
—¡Quieres dejar de maullar como un gato desamparado! Vas a hacer que me estalle la cabeza —refunfuñó Jon al tiempo que abría los ojos y se palpaba la sien cubierta de sangre. De repente, ahogó un gemido al sentir el abrazo de oso de su amigo—. Pero ¿qué diantres…? ¡Suéltame, desgraciado!
—Vamos, mon ami, no te pongas así, es que yo… yo… ¡Pensaba que habías muerto! —se disculpó Jean-Pierre sonrojado por su arrebato. De pronto, se acordó de aquello que le había rondado desde que despertó—. ¡Merde, la femme!
Sin articular palabra, ambos hombres se deslizaron del destrozado vehículo y con dificultad se acercaron a la mujer que yacía inerte en el suelo. Suavemente, Jonathan la cogió entre sus brazos y le dio la vuelta despacio. Observó sus prendas de gran calidad y frunció el ceño al percatarse de sus ropas rasgadas. Pensó que sería una mujer de vida fácil, de esas que se codeaban con los hombres más pudientes de la ciudad. Desplazó sus dedos hasta la melena azabache que cubría su rostro y ahogó la respiración al verla.
¡Era la mujer más hermosa que había visto jamás! Facciones delicadas enmarcaban un semblante perfecto. Se fijó en la elegante naricilla, en las cinceladas mejillas y se preguntó de qué color tendría los ojos; como si lo hubiese oído, la joven aleteó las larguísimas pestañas dando paso a unos maravillosos ojos ligeramente rasgados de un azul profundo, casi cerúleo.
Con dificultad, abrió los ojos e intentó retener la difusa imagen del hombre que la tenía sujeta. Le ardía el brazo y la cabeza le iba estallar. Sentía la boca pastosa y pinchazos en el tobillo. Se esforzó por escuchar lo que le decía.
—¿Puedes oírme, muchacha?, ¿estás bien?, ¿cómo te llamas, pequeña?
Quiso levantarse, pero su cuerpo no le respondía. Finalmente, se oyó a sí misma contestándole en un susurro: «Caroline…». Después, la oscuridad la atrapó.


4 comentarios :

Tricia Ross dijo...

Hola,
Gran inicio, muy impactante. La novela en general tiene muy buena pinta, además la mezcla de suspense y romance también me encanta... Este avance me ha encantado, espero leerla completa pronto, ¿dónde se podrá comprar?
Un saludo!!

Lorena dijo...

Muy bueno, cariñet. Voy a comprarla ahora mismo. Enhorabuena y muchísima suerte. Te la mereces❤

alexiamars dijo...

Mi Lore!!! Gracias cosita guapa. Espero que te guste y lo mismo te digo a ti, artista <3 <3

alexiamars dijo...

Hola Tricia!! Mil gracias, qué ilusión me hace leerte. La puedes comprar ya en Amazon, Fnac o Casa del libro. Te dejo con el enlace de Amazon:

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