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viernes, 10 de julio de 2015

En tus brazos

Os dejo con un relato al que le tengo mucho cariño (a pesar de que podría mejorarse mucho jaja) por ser el primero que escribí y que me dio el impulso para seguir dando forma a historias, pues quedó finalista en el concurso III Juegos de Invierno y me motivó muchísimo.

Gracias a Paty de (Cuentos íntimos) y su maravilloso concurso Juegos literarios, organizado en colaboración con la editorial Erotic Appetite.

Y aquí va En tus brazos.....




Anna echó una mirada a su alrededor y contempló distante a la gente que la rodeaba, parecían felices, ajenos a cualquier problema, a su pena. Hace tan sólo unas horas ella se sentía así, pero ahora todo era distinto. Es curioso como todo aquello en lo crees puede cambiar en tan sólo un suspiro.

 <<¿Por qué yo?>>

Regresó la mirada a su whisky y se perdió entre los recuerdos. Toda su vida había deseado ser una exitosa abogada, para ello, renunció a amigos, familia e incluso, al amor.  Pero lo había conseguido, a sus 29 años era una de las letradas más influyentes del país y socia de un prestigioso bufete. ¿Qué más se puede pedir? Ahora lo sabía, tiempo. Cogió con rabia la copa y la vació de un trago. Se acabaron los lamentos, las cosas eran así y nada podría cambiarlas, ella era práctica y aceptaba su destino. Miró el reloj y suspiró, la rutina la llamaba de nuevo. 

Salió del bar y se dirigió a su próxima cita. Había quedado con un cliente en la casa que éste había heredado. Este caso la intrigaba pues la vivienda databa del año 1950 y según parecía contenía artículos de inestimable valor, de ahí su intervención. Pues la familia estaba enfrentada y los tíos del heredero habían impugnado el testamento.

Tras dos largas horas llegó a su destino. Una enorme vivienda se alzaba ante ella custodiada por unas grandiosas verjas plateadas que daban paso a un marchitado jardín que en otros tiempos había gozado de esplendor. Al acercarse a las verjas éstas se abrieron de improvisto y Anna con curiosidad adentró el coche hasta la entrada de la vivienda. Tras aparcar se dirigió a la gigantesca puerta y tocó. Tras unos segundos se abrió y Anna se introdujo en su interior. Allí, su anfitrión la esperaba, un hombre que distaba mucho de ser como ella había imaginado.

De metro ochenta, moreno, atlético, piel bronceada y sonrisa deslumbrante, Nicolás Méndez era sin duda el cliente más apuesto que había tenido. Pero lo más llamativo eran sus ojos, de un intenso color verde que extrañamente le resultaban familiares.


-          Vaya, así que al final has venido.- dijo ese hércules reencarnado.- Pasa, pongámonos cómodos en el salón.

-          Disculpe, ¿es usted Nicolás Méndez?

-          El mismo, pero llámame Nick. Sólo mi queridísima familia me llama Nicolás.- señaló con sorna.

-          Señor Méndez, he venido hasta la mansión como usted solicitó pero de ninguna manera me quedaré aquí varios días. Yo no trabajo así, las reuniones se harán en mi despacho y si no está conforme nuestra relación se acaba en este mismo instante.- apuntó Anna con una voz un tanto temblorosa.

-          Vamos, Anna. No te marches, quédate este fin de semana, sólo dos días. ¿ A qué le temes? ¿a mi? Te aseguro que no soy tan malo como dicen.- manifestó Nick guiñándole un ojo.

-          No recuerdo haberle dado permiso para que me tutee, así que no lo haga. Y con respecto a su caso estoy dispuesta a ayudarle pero bajo mis condiciones.

-          No seas tan arisca Anna, además no hay ningún caso.

-          ¿Cómo? ¿de qué está hablando?

-          ¿No me recuerdas? Coincidimos por casualidad hace un año, tú salías del juzgado y yo corría hacia la entrada, chocamos y caíste al suelo. No pude disculparme como es debido porque llegaba tarde a mi cita con la justicia, así que he decidido reparar el error y por eso estás aquí.

<< ¡No podía ser! Él era el estúpido que le tiró el café encima. Por eso le sonaba su rostro ¡era él! ¿y qué había dicho? Que todo esto era para pedirle perdón, ¡estaba loco! No, era estúpido, definitivamente lo era. >>

-          ¿Está diciendo que me ha engañado? Que el testamento sólo era un miserable señuelo para traerme hasta aquí y que ha montado toda esta farsa por una maldita disculpa. Dios mío, usted está demente.-señaló Anna enfurecida mientras abría con rabia la puerta y se dirigía al exterior. Nick la cogió de los hombros y la acercó a él.

-          Soy Nicolás Méndez, siempre consigo lo que quiero. Y desde aquel día te quiero a ti, Anna. Te deseo, quiero saborearte, hacerte el amor una y mil veces. Arriésgate por una vez, no te niegues al placer que puedo darte, ¡libérate de tus propias ataduras! Vive Anna, vive  - dijo Nick mientras fundía sus labios con los de ella en un apasionado beso que les dejó a ambos temblando.

-          ¡Basta! Es usted un ser despreciable, suélteme maldito. Nunca vuelva a tocarme, estúpido.

Anna se liberó de él de un empujón y corrió hacia el coche. Mientras se alejaba no pudo eliminar esos ojos penetrantes de su mente y sus palabras resonaban una y otra vez en su cabeza “vive Anna, vive”.
¿No era eso lo que ansiaba hace unas horas? ¿no quería una aventura? Sentirse viva, necesitada. Era una locura, no podía planteárselo siquiera. Pero, ¿y si lo hiciese? ¿Qué pasaría si por una vez en la vida dejase de un lado la razón? Frenó en seco y suspiró, era una demencia y se arrepentiría. Pero la decisión estaba tomada, sería suya, Nick Méndez había ganado.


Anna recorrió con la mirada la entrada sin hallar restos de Nick, se dirigió hacia el comedor y lo vio. De espaldas, con el torso desnudo e incitador. Sintió un estremecimiento y recordó sus palabras “Anna vive, vive”. Sí, esa noche lo haría y ese adonis suplicaría piedad.


Anna se acercó a él y se situó detrás. Nick se giró y le atrapó el cabello con una mano echándole la cabeza hacia atrás y fundiendo sus bocas en un apasionado beso. Luego se apartó suavemente y le susurró:

-          Sabía que volverías, Anna. Sé que tu también lo sientes, hay algo que nos une, una atracción como nunca antes había experimentado. Quiero follarte, darte placer durante horas, sentir tu néctar en mi boca cuando te corras. Entrégate a mi, ríndete al deseo, Anna. Déjame saborearte.

Anna le respondió deslizando su mano hasta el bulto que sobresalía del pantalón. Al sentir sus dedos apretando con fuerza su miembro Nick soltó un rugido entrecortado y la condujo hasta la enorme mesa del centro de la estancia. Allí le arrancó la camisa y la volvió a besar mientras sentía el peso de sus senos entre sus manos.
Le desabrochó el sostén con una ternura que contradecía los embates que su lengua producía contra la de ella. Y deslizó su lengua hasta sus pechos succionándolos con brío hasta notar como los globos pálidos se hinchaban en su boca. Ella se sostuvo agarrada a su cuello y emitió dulces gemidos de placer que desataron a su bestia interior.

Nick se sentía como un adolescente inexperto, incapaz de controlarse, necesitaba sentirla, poseerla. Terminó de desvestirla y se deshizo de su propia ropa. Cuando ambos estaban totalmente desnudos volvió a besarla sintiendo su piel quemando contra la suya. Se apartó y con ojos vidriosos la cogió de las nalgas y de una sola embestida entró en su interior, llenándola con su virilidad. La penetró varias veces hasta que sintió su erección tan firme que supo que no aguantaría más dentro de ella. La cogió en brazos y la condujo al piso de arriba , a su habitación.

Una vez dentro y sin dejar de besarla la llevó hasta una cómoda antigua situada en un lateral de la estancia. Tumbada y sin fuerzas Anna se rindió a la posesión de su lengua, que atacó todo su cuerpo hasta dar con el centro de su feminidad.


 Nick encontró el centro de su calor y chupó una y otra vez hasta sentir el sabor de su humedad. Anna estaba desfallecida, no tenía fuerzas, sólo podía arquear su cuerpo torpemente en un intento de acoplarse al movimiento de su boca. Él no tenía piedad. Su lengua la torturaba y atacaba su clítoris sin compasión. Iba a estallar, sentía como la intensidad crecía en su interior y su estómago se convulsionaba mientras su respiración se aceleraba. Fuertes pinchazos de placer clamaban en su húmeda apertura, él introdujo uno de sus dedos en su interior haciéndola arder de placer y un calor asfixiante se apoderó de ella hasta que no pudo más. Anna se dejó ir, rindiéndose al poder de su boca, gritando de pasión. Totalmente exhausta ella le miró y al ver su sonrisa felina sintió que se revitalizaba.

Anna caminó seductora hacia él y lo obligó a tumbarse en la enorme cama. De un salto se colocó encima de él y le restregó los senos por el rostro hasta que él atrapó uno de sus pezones y se introdujo el pecho en la boca. Con una carcajada Anna se quitó y fue deslizándose hacia abajo, justo a la altura de su hinchado miembro. Sin resquicios de pudor, Anna agarró su pene con ambas manos y lo masajeó hasta que lo sintió totalmente lubricado, sacó su lengua y absorbió las gotas que se deslizaban por su henchida carne, saboreando su néctar una y otra vez hasta que necesitó más. Quería el control absoluto, llevarlo a la infinita locura por lo que se introdujo su miembro en la boca y arrancó un gemido de los labios de él.


Nick la cogió del los hombros y la tumbó en la cama, con una pierna se hizo paso y la embistió. Ella respondió acomodando sus caderas a sus movimientos y cabalgaron juntos hasta encontrar la liberación. Luego ambos, completamente exhaustos, se sumieron en un profundo sueño.

Anna abrió los ojos al nuevo día y bostezó. Menuda noche, le dolían todos los huesos del cuerpo. Se giró y lo vio durmiendo a su lado. Qué guapo era, incluso roncando le atraía. Miró el reloj y vio que eran las ocho de la mañana, necesitaba tomar el aire, aclarar sus ideas, su vida. Tomó su maltrecha camisa y se la puso, al intentar abrocharla se dio cuenta que sólo había sobrevivido un botón, por lo que se la tuvo que dejar abierta. Y así salió a fuera, al olvidado jardín. Mientras paseaba iba rememorando cada momento del día anterior y deseó que no se acabase nunca. Recordó las palabras del doctor cuando le informó de la gravedad de su enfermedad y se sorprendió al comprender que ya no le afectaban tanto. Se sentía viva de nuevo, como nunca antes. Quería vivir, ¡vivir! Se arrodilló en la tierra y agachó la cabeza, sintió una presencia junto a ella y al alzar el rostro lo vio. Continuaba la aventura.



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